28 de marzo de 2011

Encuentro


Y un día volvés a encontrar a ese al que los años se habían encargado de alejar. A ese al que con un esfuerzo casi sobrehumano lograste dejar atrás.
Cambió, y mucho. Claro, no sos la única a la que las experiencias la hicieron madurar.
Por un momento, todo es recordar: esa cara de niño, esa sonrisa...hoy ya no queda nada de eso.
Ves a un hombre. Y aunque aún le queda mucho por cambiar, ya no le queda nada de toda esa ingenuidad.
En un instante tu mente se traslada a aquel verano en el que se conocieron. A ese primer beso.
Inevitablemente, y sin escalas, vuelve a tu cabeza esa última charla. Ese final tan doloroso. Esas palabras que resonaron durante meses. Una y otra vez.
Tantos intentos por encontrarle una lógica a lo que sólo merecía resignación.
Fueron miles de noches en las que juraste volver a buscarlo. Pero el tiempo se llevó todas las ilusiones. Y cualquier expectativa posible quedó atrás.
Te escondiste. Evitaste cualquier lugar que pudiera provocar ese encuentro. Ideaste un sinfín de excusas para esquivar ese momento.
Pasaron años. Insisto. Pero no pudiste evitar estremecerte cuando lo tuviste enfrente. Fue inútil. A pesar de tantos ensayos para demostrar la superación absoluta.
Hoy ya no queda ningún sentimiento. Aquella ilusión pasó a ser sólo un recuerdo.
Y, a pesar de los miedos, el encuentro fue incapaz de generar alguna reacción.

14 de marzo de 2011

La odisea de ser celíaco en un país sin ley


Y ese día se confirmaron mis peores sospechas. Los malestares y esa aparente anemia crónica tenían una razón concreta: la celiaquía.
Sin esperarlo, de un día para otro tuve que pensar en un futuro que no incluiría pastas, panes o facturas.
Cuando lo descubrí -hace un poco más de 4 años- era una suerte de bicho raro en todo lugar al que asistiera. No podía evitar sentir la mirada de lástima cada vez que sacaba mi vianda prefabricada.
Ese primer desayuno me resulta inolvidable. Fue un sábado a la mañana. Estaba sentada con mi café con leche frente a 3 intentos de galleta que se asemejaban más un cartón que a algo comestible.
Después, las molestias se trasladaron a otros ambientes externos a mi casa: resistirse a una cerveza bien fría un sábado a la noche era casi una deshonra para el que me la ofreciera.
Que mi merienda se limitara a un café sin una sola medialuna, era no saber aprovechar las tentadoras promociones de la confitería.
Con la bronca propia de la situación, fui evitando las comidas en restaurantes y cualquier tipo de evento social que implicara ese tema que se había vuelto tan tabú para mí: la comida.
Pero el alejamiento no hace más que empeorar la situación. Y es cualquier cosa menos una ayuda para asimilar la cuestión.
De a poco, y después de muchos meses de luchar por adaptarse, hay un click que hace dar cuenta de que no hay razones para esconderse a comer y evitar así las preguntas incómodas.
Por suerte, como buena sociedad en evolución que somos, hoy puedo decirle a alguien que en vez de invitarme a "tomar una birrita", la salida conste de algún otro aperitivo permitido.
También, puedo pedir que me sirvan ese delicioso lomito completo en un plato y lejos de cualquier pan francés. Y todo eso sin que me miren raro o me hagan chistes molestos.
No es menor decir que, quienes mejor me conocen y han vivido conmigo este largo proceso de adaptación, hoy me reciben gustosos en sus casas con un plato preparado a mi medida y no hay cumpleaños donde no esté ese "vinito para Mer".
De todas formas, sigue siendo de gran necesidad que se reglamente la ley -aprobada en 2009- que equipara los derechos del celíaco con los del resto de la población.
Con esa norma, se garantiza que una persona como yo pueda ir a tomar un café y que tenga la opción de elegir una medialuna o un alfajor sin gluten y no pase hambre viendo comer a los demás.
Con ese gran paso, cualquiera podrá ir a un supermercado y elegir correctamente tan sólo con guiarse por las etiquetas de los productos.
También, los precios de los alimentos sin gluten se asemejarán a los de los productos comunes y no duplicarán -y en algunos casos, hasta triplicarán- su valor.
Hoy, ya no hay salida a la que no vaya por cuestiones alimenticias. Y cuando me preguntan por mi dieta, respondo con una sonrisa y esbozo una breve explicación para ubicar al otro en tema.
Ser celíaco ya no es ser un bicho raro, ni un enfermo al que miran con lástima.
Ser celíaco es vivir teniendo una conducta y aprender a elegir lo que se consume para poder estar igual de sano que todos los que consumen gluten.

1 de marzo de 2011

Días


Hay días en los que me gustaría no salir de la cama. Son esos días en los que daría casi cualquier cosa que esté a mi alcance para no tener que salir a enfrentar el mundo. Siempre es más sencillo quedarse guardada que salir a simular una sonrisa.
Hay días en que me gustaría pasar 24 horas en pijama y pantuflas. No tener que demostrar gran presencia ni hacer uso de ningún encanto.
Hay días en que no tengo ganas de reír y que me gustaría ponerme una máscara que me resuelva el trabajo. Es difícil ensayar alegres muecas cuando no hay motivos que lo ameriten.
Hay días en que no quiero golosinas, ni chocolates, ni caramelos. En que ninguna de esas delicias puede cambiar la suerte ni endulzar la tarde.
Hay días en que me gustaría que llueva, así el día podría estar más a tono conmigo. El sonido de las gotas contra el piso es la compañía ideal cuando uno quiere abstraerse.
Hay días en que me gustaría no salir de la cama. Que me quedaría en una cajita de cristal para que no me lastimen.

14 de febrero de 2011

Trabajar para los otros


“Era un barrio oscuro con casas tomadas, desalojos, mucha gente en situación de calle”, recuerda.
Es que hace 14 años cuando Jorge llegó a San Telmo, distaba mucho de ser el polo turístico y comercial que es hoy. “Era otra cosa, había mucho por hacer acá”, emite casi en un suspiro.
Jorge vivía de artesano en el campo con su familia. Hijo de padres salesianos, y por lo tanto, abocados a la caridad y las obras solidarias, recibió desde pequeño el mandato de ayudar a quienes no tuvieron la misma suerte que él.
A fines de los ´90, solía venir a Capital en forma quincenal en busca de materiales para desarrollar su oficio. Así fue que, en uno de sus tantos viajes, un amigo le propuso quedarse en forma definitiva en su casa ubicada en el Pasaje San Lorenzo.
“Me fue gustando el barrio, vi que era un lugar donde yo podía hacer un aporte”, cuenta ese hombre de aspecto desaliñado y ojos cansados. Con el tiempo, consiguió su propia casa y fue concretando su sueño del taller de artesanías propio.
Sin embargo, su interés por ayudar a los más necesitados todavía estaba pendiente. Por eso, en el ´98 cuando conoce a Patricia Merkin y ésta le propone un proyecto que le permitirá darle oportunidades laborales a la gente de la calle, Jorge acepta. “Al principio, no sabía bien qué hacer, estaba ocupado trabajando en mi taller y no sabía si iba a poder combinar las dos cosas”, dice.
Así, comenzaron “Hecho en Buenos Aires”, una revista pensada para darle trabajo a gente en situación de calle. “Fue muy fuerte la historia”. Según relata, se trató de un enorme desafío: “No estaba tan instalado que un tipo te pare para venderte algo en la calle, había que romper con esa barrera”.
Pero el tiempo hizo que cambiara el rumbo de su vida y, aunque siguió en su línea de ayudar al prójimo, dejó de formar parte de la empresa editorial para abocarse a otra cosa.
Después de 2005, la movida social y el abordaje turístico de San Telmo, lo inspiraron a crear un nuevo espacio, algo que tuviera ese valor histórico propio de las edificaciones de la zona. Así, emprendió el proyecto llamado “La Estación San Telmo”, un sitio donde hoy, cualquiera que pase por ahí, seguramente se detenga a sacarse una foto.
Con una escenografía que emula una estación de tren antigua -por supuesto ideada y armada por él- Jorge remodeló el antiguo depósito de “Hecho en Buenos Aires” para darle un espacio concreto a su proyecto de crear una cooperativa de trabajo.
“En principio iba a ser una fundación, pero la verdad que no tenía muy en claro lo que quería hacer”, reconoce. Con el tiempo, el plan fue tomando forma hasta convertirse en lo que es hoy “La Estación San Telmo”: un espacio donde la gente adulta en situación de exclusión puede sumarse para aprender algún oficio, como el que él aprendió alguna vez.
La idea de tomar aprendices para enseñarles distintos trabajos, surgió cuando Carlos, un zapatero con 40 años de trabajo en el barrio, fue desalojado y quedó en la calle. “Lo sumamos al proyecto para que enseñe el oficio y le dimos un lugar donde vivir”, se emociona.
La gente que llega a este sitio en las peores condiciones, encuentra un lugar donde le permiten pasar la noche y resguardarse de las inclemencias del tiempo y los peligros propios de la calle.
El objetivo es que los objetos de arte producidos allí sean vendidos para darles un ingreso de dinero. Jorge pone el acento una y otra vez en que todos los materiales se reciclan porque el proyecto piensa, ante todo, en el cuidado del medio ambiente. “Los cuadros, por ejemplo, los vendemos a través de una cooperativa o en la misma feria”, subraya.
Si bien está conforme con lo que lleva en su haber hasta el momento, no conoce el descanso e idea nuevos proyectos en forma casi constante. Claro, en ninguno de ellos está incluido como fin su propio beneficio, sino que los excluidos tengan, al menos, la dignidad que merecen.

27 de diciembre de 2010

Lo que nos dejó el año


A continuación, un listado de términos que resumen lo sucedido durante los últimos 365 días:

Twitter
Sandro
Hiena
Candela
Vuvuzela
Wanda Taddei
Tito
Metropolitana
Pulpo
Isidro
Néstor
Waka waka
Forlán
Unión civil
Mineros
Jabulani
Fibertel
Acero
Ferreyra
Matías Berardi
Mitch
Aymar
82%
Garfunkel
Wikileaks
Pa-panamericano
Cerati
Peter
PIN
Luppi
Amigacho
Camaño
Zeñoda
Bicho
Leuco
Yan
Mole
Kunkel
Asignación universal
Coky
tocuen
Beara
Assage
Soldati
Maidana
Bigote
Paul

14 de noviembre de 2010

Culto al voyeurismo


¿Por qué una persona decide sacarse una foto en la estación de servicio mientras carga nafta? ¿Cuál es el objeto de mostrarle al mundo el plato de comida que se está a punto de degustar? ¿Por qué un usuario cuenta el lugar del mapa en el que se encuentra situado?
Estos y otros interrogantes sobrevuelan en mi cabeza cada vez que decido sentarme a hurgar en las redes sociales.
Y para no pecar de falta de autocrítica, confieso que desde que abrí mi Fotolog -hace unos cuantos años atrás- en más de una oportunidad fui seducida por la tentadora oferta de exposición de la vida privada que hay en las redes sociales. Es más, confieso que también tengo alguna que otra foto sacada en el baño de un boliche…
Pero mi cuestionamiento va un poco más allá, noto en algunos usuarios un exhibicionismo tal que me lleva a pensar que en definitiva no hacen las cosas por el disfrute en sí, sino para mostrarle al mundo lo que hicieron, es una suerte de retroalimentación entre usuarios que se exponen y curiosos voyeurs.
El caso más palpable es el de Facebook, esa red de moda de la que prácticamente todos forman parte. En el tiempo que llevo haciendo uso de ese sitio me he topado con un sinfín de cuestiones curiosas: fotos sacadas en lugares insólitos, usuarios que cambian su situación sentimental en forma casi diaria (y la publican!)y hasta personas que hacen tests para medir sus cualidades amatorias.
Pero me voy detener en un punto que es, a mi criterio, lo peor que ofrece esa red (y creo que en esto va a coincidir más de uno). Se trata de las benditas etiquetas. Sí, esa molesta aplicación que permite que cualquier persona -cercada en una impunidad total- haga un simple click y le muestre a todo el círculo de amigos un material fotográfico que nos involucra. Y todo ese daño sin siquiera pedirnos algún tipo de autorización previa.
A pesar de que hoy en día las redes son en muchos trabajos una condición obligatoria, me sigo rehusando a la exposición excesiva de la vida privada y mucho más al exhibicionismo involuntario.
Ahora, ¿son las redes sociales las culpables o se trata de un aspecto latente en las personas que se despertó ante la amplia oferta de Internet? Las opiniones son diversas.

20 de octubre de 2010

Es la tecnología que me alcanza


La tecnología y yo nunca fuimos amigas, compinches, ni nada. Es más, creo que nunca lo seremos. Si estoy integrada a los nuevos avances es por el vertiginoso ritmo del sistema, que me empuja a resignarme y aprender.
Tal vez por ignorancia o por miedo a hacer desastres (como aquella vez en que hice entrar un virus que eliminó todos los archivos de la familia) soy de las que piden ayuda para cualquier cosa con tal de no tocar alguna tecla que pueda llevar a una catástrofe.
Tal vez sea por eso que ayer al escuchar a dos chicas jóvenes (no es que yo no lo sea, pero estas eran bastante más chicas que yo) diciendo que en su examen pensaban copiarse porque “ni da estudiar todo eso”, sentí curiosidad por seguir escuchando la charla. Así, una de ellas concluyó en que iba a “machetarse” absolutamente todo.
Hasta ahí, nada que me sorprenda demasiado. Lo sí me conmovió profundamente (al punto de empujarme a hacer este post) fue el hecho de que su ayuda-memoria para el parcial estaba todo guardado en su Blackberry!!
Vamos de nuevo. Ni pequeños papeles pegados a la regla, ni bancos escritos, ni anotaciones en lápiz al margen de la hoja, ni carpetas ocultas bajo el banco, ni manos escritas, ni siquiera el manotazo de ahogado de preguntarle en un susurro al compañero de al lado o copiar de su hoja. Nada. Sólo el acto de adjuntar al mail, enviar y Listo! Después, a copiar textualmente sobre la hoja del examen.
No sé si será que ya estoy grande (algo que siento cuando escucho temas como el que dice “Pasame más tinto se vino la pachanga” y veo que mi hermano menor ni lo conoce) o que soy demasiado inocente y el hecho de copiarse tan deliberadamente no me convence -ni me convenció nunca-, pero tengo que admitir que me impactó la charla.
Definitivamente, ya nada es lo que era, ahora nadie pierde un minuto en hacer un machete como corresponde. En fin, me tendré que ir preparando psicológicamente por si un día de estos viene mi mamá a pedirme que le abra una cuenta en Twitter.