16 de agosto de 2011

Muñeca de trapo


A diferencia de muchas niñitas, nunca quise ser como una Barbie. Por supuesto, el consumismo en el que estoy inmersa desde la primera infancia me ha llevado a tener en algún momento mi propia colección de mini platinadas voluptuosas. Sin embargo, confieso que siempre me sentí más identificada con la relegada pepona que con esas muñecas de belleza exultante.
Hoy, con unos cuantos años más, traslado esa misma aprensión a las "Barbies de carne y hueso" que nos rodean. Nunca me sentí identificada con esas muñecas reales cuyo mundo se construye en base a preocupaciones que no van más allá de la estética y el excesivo cuidado del cuerpo.
Tal vez, el haber sido la única hermanita mujer de la casa me acostumbró desde chica a otras actividades que me mantuvieron siempre lejos de la imagen cliché que priorizamos hoy en día (más allá de mis eventuales ataques de “minitah”)
Seguramente, el haber pasado muchas horas de mi infancia entre autitos, canicas y álbumes de fútbol me quitó cualquier aspiración de emular la muñeca perfecta. Como sea, y más allá de las bromas con respecto a mi exacerbada faceta de masculinidad, siempre me interesé poco por ser parte del estereotipo moderno.
Y hoy, que esos juegos quedaron atrás, sigo orgullosa como en esos años felices porque me mantengo en la sencillez de ese lugarcito de muñeca de trapo en el que tanto me gusta estar.

12 de agosto de 2011

Máscaras


Eran casi las 21. La sala estaba llena, como cada noche, como siempre. Si hubiese podido elegir, seguramente habría preferido estar sumida en su soledad y no tener que enfrentar esa audiencia que tanto la esperaba. De ser posible, hubiera elegido no tener que salir a aparentar esa sonrisa acartonada e irreal que poco se condecía con sus ánimos.
Tenía todo para ser feliz: un público que la amaba, grandes amigos, su fortuna, la profesión con la que siempre había soñado y una belleza tan natural como imponente. Pero, aunque suene a receta para la felicidad asegurada, nada de eso le servía para aliviar su enorme tristeza.
Él ya no estaba, y entonces a esa fórmula para la vida perfecta le faltaba un componente. Había llorado, se había enojado y hasta había coqueteado con la posibilidad de pasar un parte de enferma que la liberara del asunto esa noche.
Pero había un volumen importante de personas con el único deseo de verla. Lo sabía. Y también sabía que a la hora de trabajar, los problemas deben quedarse en el umbral de la puerta. Como sea, tenía que cumplir con toda esa gente y consigo misma.
Se puso su mejor vestido. Se vio en el espejo y, aunque sus ojos eran pura tristeza, se veía tan linda como siempre. Se secó las lágrimas, ensayó una sonrisa y salió a escena. Aunque no encontrara razones, había una audiencia esperando y tenía que seguir.

22 de julio de 2011

Despedida


Lo dijo. Ya no había nada más para agregar. Ella hubiera preferido no tener que escuchar nunca esas palabras. Pero así fue. No pudo hacer como si nada. Se lo dijo, y era el final.
Él la abrazó, como pidiéndole perdón por eso que ya no sentía. Ella no reaccionó, no pudo decirle nada.
"Sonreí, haceme ese favor", le dijo casi suplicando. No podía. ¿Cómo sonreír cuando ya vislumbraba tantos días de tristeza, de silencio y de reproches internos?
Se fue, en el más punzante silencio. No pudo emitir ningún sonido, mucho menos regalarle esa sonrisa que lo había cautivado tanto tiempo atrás. No lloró, ni eso pudo.
Llovía fuerte. Subió al auto y, en un acto desesperado, se deshizo de todos sus mensajes, esos que en algún momento supieron hacerla tan feliz. Lo borró a él, como si eliminándolo de su lista de contactos pudiera sacarlo de su vida.
La música de ese viaje fue azarosa: una radio donde desfilaban las canciones más tristes, como si la programación estuviera enteramente dedicada a ella.
Se vio en el retrovisor, le corría una lágrima negra. Nunca se había visto así.
Bajó del auto. Entró y apoyó sus cosas. Se acercó a la foto, la miró por un momento y entendió. Ya no había nada más que hacer. La guardó y lloró. Lloró como nunca había llorado.

29 de junio de 2011

Ganas


Tengo ganas de irme lejos. Tengo ganas de escapar o la mera necesidad de tomar un poco de distancia.
Tengo ganas de conocer nuevos sitios, nuevas historias, gente que me parta la cabeza.
Tengo ganas de dar contra la pared pero esta vez que sea otro el obstáculo.
Tengo ganas de cambiar, de dar un volantazo, de hacer una pausa y empezar de nuevo.
Tengo ganas de escribir, de plasmar lo que me pasa y de dejarlo todo en una hoja.
Tengo ganas de caminar, de andar hasta que los pies no me respondan y sentirle el gustito al cansancio.
Tengo ganas de nuevas emociones. De darme cuenta lo poco que pasé y lo mucho que me falta.
Tengo ganas de dejarte atrás, de hacer como si nada y guardar el mejor de tus recuerdos.

7 de junio de 2011

Día del Periodista


Siempre que me preguntan digo que no sé por qué terminé estudiando periodismo. Le atribuyo parte de la culpa a la falta de talento que siempre tuve para los números y que me llevó a abandonar mis aspiraciones de estudiar medicina a los 14 años.
Las razones son variadas, pero un día me levanté y supe que esto era lo que quería hacer en mi vida, y no me importó ningún comentario desmotivante ni los cuestionamientos del tipo de “¿Y de qué vas a vivir?” o “¿Dónde vas a laburar?”.
Claro, con 15 ó 16 años uno se imagina que ser periodista es ser la cara de Telenoche o la figura central de algún diario importante a nivel nacional.
Por supuesto, en ese momento no tenía la más mínima noción de lo que implicaba la profesión: ignoraba los desafíos que conlleva el trabajo pero que, a la larga, son sumamente gratificantes.
Sea como fuere, empecé la carrera y no hizo falta que se terminara el primer año para darme cuenta de que había caído en el lugar indicado.
“Vos tenés que conseguir un laburo donde te paguen por hablar”, me decía siempre mi papá agotado de esa nena que desde los 2 años conversaba de manera ininterrumpida.
Creo que ese vaticinio paterno, que me sonaba ridículo en la infancia, no estaba tan errado. Y hoy, gracias a cierta dosis de tenacidad, las casualidades de la vida y también ese golpe de suerte que todos tenemos en algún momento, puedo trabajar en esto que amo y sentir la enorme satisfacción que me da este oficio que, si no es el mejor de todos, le pasa cerquita, cerquita.
¡Feliz día a todos los que comparten conmigo esta pasión!

4 de junio de 2011

Girar en círculos


¿Cómo se sale de un círculo vicioso? ¿Cómo se deja de dar vueltas sobre una misma situación y se la deja atrás en forma definitiva? ¿Cómo se inventan nuevas ideas cuando todo gira siempre en torno a un mismo pensamiento? ¿Cómo se encara un día distinto si notás que todo sigue ese curso rutinario? ¿Cómo olvidar ese asunto "tabú" si, por más empeño que le pongas, siempre se las ingenia para reaparecer? ¿Cómo se encuentran alegrías cuando la risa forma parte de lapsos cada vez menos frecuentes? ¿Cómo se llena esa necesidad de éxitos si todo lo que se cosecha resulta negativo? ¿Cómo se recupera esa seguridad que de a poco perdió solidez? ¿Cómo dejar de dar vueltas sobre el mismo círculo cuando ya intentaste todo y nada es suficiente?

1 de junio de 2011

Introspectivamente


Es difícil aprender a distinguir lo que nos hace mal: lleva tiempo y constituye un esfuerzo que no siempre estamos dispuestos a hacer.
La comodidad, la resignación o el conformismo, nos hace quedarnos estáticos en situaciones que, en muchos casos, distan mucho de ser las ideales. Y terminamos simulando entereza en momentos en los que nuestra realidad no concuerda con ese estado.
Siempre es más sencilla la inacción que pensar qué es lo que podemos hacer para que esa situación que tanto nos duele cambie o, al menos, se torne menos angustiante.
Es difícil, pero no imposible. Una vez que ponemos la voluntad de atacar ese punto de conflicto, los resultados son gratificantes y siempre habrá alguien capaz de regalarte una sonrisa para que ese cambio sea transitable por más triste que resulte.