7 de mayo de 2011

Máximas del buen twittero


Mucho se ha escrito sobre Twitter y los diferentes comportamientos de sus usuarios. A continuación, va un compilado de ideas propias y ajenas sobre tips a tener en cuenta a la hora de volcar ideas enlatadas en 140 caracteres:
1- Opinar siempre sobre el tema del momento, sin importar si sabe bien de qué se trata.
2- Nunca levantar chistes de Internet y/o Facebook, es posible que ya todos los conozcan y causen cualquier tipo de reacción, menos risa.
3- El tiroteo con alguien del sexo opuesto (o del mismo, ¿por qué no?) se realiza por DM, nada peor que leer un histeriqueo público.
4- Palabras como “holis”, “chauchis” y/o “besis” son pianta-followers, tenga a bien evitarlos.
5- No pedir RT, ni FF. Que sus seguidores sean cosecha de los tweets sembrados.
6- No seguir famosos. Tienden al autismo y a escribir cosas que no le importan a nadie.
7- No hacer leña del árbol caído. Evitar pegarle a personajes públicos que tienen la imagen por el subsuelo.
8- Dosifique el uso de frases románticas y melosas. Saber usarlas en el momento preciso y no abusar.
9- En el caso de usar frases de #minitah, ídem a lo expuesto arriba.
10- No se piden explicaciones por un UF, ni se deben darlas tampoco. Cuando no se quiere seguir, no se sigue. Nada de beneficencias.
11- Hombres: las listas del tipo “minas que están buenas” o “mujeres lindas” lejos de atraerlas, las repelen, tener ese tip en cuenta.
12- Al igual que en la 1.0, nunca ingrese en una pelea ajena. Eso sí, puede arengar a una de las partes por DM, o bien, preparar pochoclos y disfrutar.
13- Los reclamos suenan divertidos, pero mídase porque el exceso tiende a cansar al seguidor, que no disfruta de leer un libro de quejas online.

20 de abril de 2011

La indeseable


Soy esa a la que nunca llaman, la que siempre se sienta a esperar. A la que tienen en cuenta sólo cuando no tienen nada mejor que hacer.
Soy la que siempre está al acecho, pero ninguna presa se le hace fácil.
Soy la que un día pensó que podía lograr cambiar a la gente y se convenció de que nada podía ser tan imposible.
Y soy la que se dio cuenta (aunque tarde) que las personas no cambian, por mucho que nos empeñemos.
Soy la que nunca escuchan. Esa a la que las palabras la hacen avasallante, la que nadie está en condiciones de tolerar. Soy esa indeseable a la que no están dispuestos a soportar.
Soy la que se cansó de creer en las palabras, a la que ninguna frase sensibiliza. La que escuchó tanto que ya ni una línea sería capaz de conmoverla.
Soy la que se ríe de los comentarios, siempre iguales, siempre vacíos. La que está cansada de las mismas frases, las mismas promesas que nunca se cumplen.

6 de abril de 2011

De las veredas del barrio a las canchas


Enrique Hrabina tiene 49 años y hasta los 23 vivió en Devoto. Comenzó en el club Pedro Lozano y luego jugó en Lamadrid y Atlanta. Después de su paso por las Inferiores, llegó a la Primera División, adonde vistió las camisetas de San Lorenzo y Boca Juniors. Tras su retiro, en 1992, dirigió equipos como Tigre y Almagro.
-¿Qué recuerdos tenés de tu infancia?
-Desde que tengo uso de razón, estuve ligado al fútbol. Me la pasaba en la calle jugando con los muchachos del barrio, que eran más grandes que yo. Nuestra cancha era la vereda y la calle, que era de adoquines. Me encantaba, me tenían que salir a buscar para que entrara a casa.
-¿Seguís yendo al barrio? ¿Qué cambios notás?
-Son pocos los amigos que siguen viviendo ahí, pero los sigo viendo. Ahora hay tráfico, las calles están congestionadas. El bar de la esquina, en el que pasábamos las tardes tomando café y charlando con los muchachos, ahora es La Misión y está cambiado, todo modernoso.
-¿Qué cosas de esa infancia se perdieron?
-Hoy los chicos no pueden salir a la calle. Nosotros vivíamos afuera, en una libertad total. Éramos autodidactas, nos hicimos adultos más rápido. Además, ganabas mucha técnica jugando en la calle porque estabas horas practicando. Hoy si no vas a una escuelita, no podés entrenar.
-Por esos días, ¿Soñabas con ser jugador profesional?
-Nunca lo pensé pero, en el inconsciente, sabía que lo iba a ser. Hacía de todo: entrenaba, me cuidaba, no salía de noche. Después, también, un golpe de suerte y gente que te da una mano. No me acuerdo cómo empezó todo, seguro tuvo que ver mi viejo. También me ayudó mucho mi entrenador Oscar Allegrini.
-En el `83 llegaste al San Lorenzo del “Bambino” Veira, ¿qué recuerdos tenés de esa época?
-Éramos un equipo que iba al frente, con ganas de mejorar. El Bambino te planteaba los partidos y por ahí en el entretiempo te hacía una modificación, nosotros la enganchábamos enseguida y, al final, ganábamos. Además, hicimos giras que son inolvidables, era un grupo bárbaro.
-Dos años después, llegaste a Boca…
-Sí, pero no era demasiado trascendental en ese momento, es más, dudé en entrar. Boca andaba muy mal: se iban jugadores, había huelgas, la cancha estaba clausurada, tenían miles de juicios. Era una época complicada.
-¿Y cómo fue que te decidiste a entrar?
-Cuando llegué me dijeron: “Acá no hay un mango, es todo a pulmón”, pero si mejoraba, me prometían una remuneración acorde. Cuando fui a la última charla, entré a la cancha, la vi vacía, miré alrededor y pensé: “Sí, quiero jugar acá”, tuve la sensación de que podía hacer algo importante.
-Hoy a la distancia, viendo a ese Hrabina jugador, ¿Cómo lo describirías?
-Muy rápido, concentrado, atento, creo que inteligente. Era un buen jugador, con mucho temperamento. Aunque, a veces, me pasaba de rosca.
-¿Qué diferencias marcás entre el fútbol de tu época y el de hoy?
-Antes, tenías que juntar pesito por pesito, había que hacer mucho sacrificio para lograr cosas importantes. No se manejaban las cifras que se manejan hoy.
-¿Qué enseñanzas a nivel personal te dejó tu carrera?
-Conocés mucha gente, te da notoriedad. Me sorprende cuando me paran por la calle para saludarme. La demostración de afecto es algo impagable.
-¿Cómo te gustaría que te describieran el día que ya no estés?
-Como a un tipo muy pasional, que dejaba la vida en cada cosa que hacía, que ponía todo. Un tipo humilde, simple, con buenos sentimientos, buen amigo. Esos son los valores que rescato de mí.

2 de abril de 2011

MSN, gracias por tanto


La emoción que te generaba ese sonido que advertía un mensaje, las horas frente a la pantalla esperando que se conectara él/ella, los nicks que se renovaban constantemente con letras de temas románticos-melosos, los usernames creativamente elaborados con signos y emoticones de colores…
Ya fue, etapa terminada. Hace días que reflexiono sobre lo poco (o nada) que uso MSN para interacturar y tengo entendido que somos varios lo que opinamos lo mismo.
Y es que sí, casi no lo usás, no hay nada atractivo en ese espacio. Están todos esos amigos a los que ahora contactás por sms, Facebook, Twitter o chat. Entonces, ¿se acabó la era MSN?
En mi caso, hace tiempo. Lo único que la mantiene viva es la posibilidad de conectarse desde la casilla de mail. Entonces ya no suena, no zumba, ni molesta.
Pero ahora que lo pienso, pasé horas de mi vida sumergida en ese universo en el que uno se esmeraba por poner la mejor foto. ¿Y ahora? Sí, claro, no te esmeres en mostrarte impecable porque hay 250 fotos que te delantan en Facebook.
También solía pasar largos ratos esperando que se conecte “ese” contacto especial de mi lista. Ahora, si quiero charlar, tengo métodos muchos más rápidos y efectivos.
Ah, y ni hablar de los que están las 24 hs. online desde el celular. Ahí sí que no existe esa emoción que te generaba llegar a casa y conectarte.
En fin, como todo, son etapas. Y MSN ya quemó todos los cartuchos. Por eso, hoy en este humilde homenaje final, le voy a agradecer por los gratos momentos que me regaló.

28 de marzo de 2011

Encuentro


Y un día volvés a encontrar a ese al que los años se habían encargado de alejar. A ese al que con un esfuerzo casi sobrehumano lograste dejar atrás.
Cambió, y mucho. Claro, no sos la única a la que las experiencias la hicieron madurar.
Por un momento, todo es recordar: esa cara de niño, esa sonrisa...hoy ya no queda nada de eso.
Ves a un hombre. Y aunque aún le queda mucho por cambiar, ya no le queda nada de toda esa ingenuidad.
En un instante tu mente se traslada a aquel verano en el que se conocieron. A ese primer beso.
Inevitablemente, y sin escalas, vuelve a tu cabeza esa última charla. Ese final tan doloroso. Esas palabras que resonaron durante meses. Una y otra vez.
Tantos intentos por encontrarle una lógica a lo que sólo merecía resignación.
Fueron miles de noches en las que juraste volver a buscarlo. Pero el tiempo se llevó todas las ilusiones. Y cualquier expectativa posible quedó atrás.
Te escondiste. Evitaste cualquier lugar que pudiera provocar ese encuentro. Ideaste un sinfín de excusas para esquivar ese momento.
Pasaron años. Insisto. Pero no pudiste evitar estremecerte cuando lo tuviste enfrente. Fue inútil. A pesar de tantos ensayos para demostrar la superación absoluta.
Hoy ya no queda ningún sentimiento. Aquella ilusión pasó a ser sólo un recuerdo.
Y, a pesar de los miedos, el encuentro fue incapaz de generar alguna reacción.

14 de marzo de 2011

La odisea de ser celíaco en un país sin ley


Y ese día se confirmaron mis peores sospechas. Los malestares y esa aparente anemia crónica tenían una razón concreta: la celiaquía.
Sin esperarlo, de un día para otro tuve que pensar en un futuro que no incluiría pastas, panes o facturas.
Cuando lo descubrí -hace un poco más de 4 años- era una suerte de bicho raro en todo lugar al que asistiera. No podía evitar sentir la mirada de lástima cada vez que sacaba mi vianda prefabricada.
Ese primer desayuno me resulta inolvidable. Fue un sábado a la mañana. Estaba sentada con mi café con leche frente a 3 intentos de galleta que se asemejaban más un cartón que a algo comestible.
Después, las molestias se trasladaron a otros ambientes externos a mi casa: resistirse a una cerveza bien fría un sábado a la noche era casi una deshonra para el que me la ofreciera.
Que mi merienda se limitara a un café sin una sola medialuna, era no saber aprovechar las tentadoras promociones de la confitería.
Con la bronca propia de la situación, fui evitando las comidas en restaurantes y cualquier tipo de evento social que implicara ese tema que se había vuelto tan tabú para mí: la comida.
Pero el alejamiento no hace más que empeorar la situación. Y es cualquier cosa menos una ayuda para asimilar la cuestión.
De a poco, y después de muchos meses de luchar por adaptarse, hay un click que hace dar cuenta de que no hay razones para esconderse a comer y evitar así las preguntas incómodas.
Por suerte, como buena sociedad en evolución que somos, hoy puedo decirle a alguien que en vez de invitarme a "tomar una birrita", la salida conste de algún otro aperitivo permitido.
También, puedo pedir que me sirvan ese delicioso lomito completo en un plato y lejos de cualquier pan francés. Y todo eso sin que me miren raro o me hagan chistes molestos.
No es menor decir que, quienes mejor me conocen y han vivido conmigo este largo proceso de adaptación, hoy me reciben gustosos en sus casas con un plato preparado a mi medida y no hay cumpleaños donde no esté ese "vinito para Mer".
De todas formas, sigue siendo de gran necesidad que se reglamente la ley -aprobada en 2009- que equipara los derechos del celíaco con los del resto de la población.
Con esa norma, se garantiza que una persona como yo pueda ir a tomar un café y que tenga la opción de elegir una medialuna o un alfajor sin gluten y no pase hambre viendo comer a los demás.
Con ese gran paso, cualquiera podrá ir a un supermercado y elegir correctamente tan sólo con guiarse por las etiquetas de los productos.
También, los precios de los alimentos sin gluten se asemejarán a los de los productos comunes y no duplicarán -y en algunos casos, hasta triplicarán- su valor.
Hoy, ya no hay salida a la que no vaya por cuestiones alimenticias. Y cuando me preguntan por mi dieta, respondo con una sonrisa y esbozo una breve explicación para ubicar al otro en tema.
Ser celíaco ya no es ser un bicho raro, ni un enfermo al que miran con lástima.
Ser celíaco es vivir teniendo una conducta y aprender a elegir lo que se consume para poder estar igual de sano que todos los que consumen gluten.

1 de marzo de 2011

Días


Hay días en los que me gustaría no salir de la cama. Son esos días en los que daría casi cualquier cosa que esté a mi alcance para no tener que salir a enfrentar el mundo. Siempre es más sencillo quedarse guardada que salir a simular una sonrisa.
Hay días en que me gustaría pasar 24 horas en pijama y pantuflas. No tener que demostrar gran presencia ni hacer uso de ningún encanto.
Hay días en que no tengo ganas de reír y que me gustaría ponerme una máscara que me resuelva el trabajo. Es difícil ensayar alegres muecas cuando no hay motivos que lo ameriten.
Hay días en que no quiero golosinas, ni chocolates, ni caramelos. En que ninguna de esas delicias puede cambiar la suerte ni endulzar la tarde.
Hay días en que me gustaría que llueva, así el día podría estar más a tono conmigo. El sonido de las gotas contra el piso es la compañía ideal cuando uno quiere abstraerse.
Hay días en que me gustaría no salir de la cama. Que me quedaría en una cajita de cristal para que no me lastimen.